Las fotos que tengo pegadas en la puerta de mi closet,
las cosas que escribí con lápiz mina hace ocho años en una croquera,
mi mp3 rojo a pila con 250mb de memoria,
la sensación de mis calcetines estilando por la lluvia ese día que fuimos al cine en la noche,
darme cuenta que recuerdo los diálogos de las obras que actué a los 15,
darme cuenta que las obras que actué a los 15 fueron hace tanto,
los niños jugando,
andando en bicicleta,
el olor a pimienta,
las fotos que boté y mi mamá se enojó,
las fotos que tengo escondidas y que veo de vez en cuando,
el olor a parqué recién encerado de la casa de mi abuela,
los duraznos en conserva con crema chantillí en el tarro,
las fotos que salieron feas,
la casa de los sillones rojos y los muebles con olor a viejo,
ver a esa amiga de la infancia y recordar la sensación del piso frío de su pieza cuando me acostaba ahí en el verano del 2003,
el rosal que plantamos encima de la tumba de mi primer perro,
el día que me di cuenta que me daba miedo estar sola,
el día que me di cuenta que quería estar sola,
el día que ya no supe qué quería,
las bambalinas del Teatro Facetas,
el tomate sin sal,
hablar con él.
La nostalgia en todas sus formas y todos sus olores. Gatillos múltiples para esa lágrima viva, como diría Olivero, que estremece los anocheceres inundados en té. La lágrima que se envuelve en el deseo de una mirada prolongada, permanente, sostenida; y al mismo tiempo, libre como el deseo mismo. Espontánea como ese encuentro que sólo el azar puede entregarte, cuando un día, leyendo en la soledad de cualquier vereda, llega el momento esperado y todo se dispara de su lugar.